¿Somos Amados?

Artículo publicado en Revista MCLE-Zürich

En el artículo anterior señalamos que, aunque no podemos olvidar la realidad del pecado humano, también es importante recordar que, antes de nuestras caídas, de nuestras contradicciones e incluso antes de nuestra propia conciencia de existir, ya estaba el amor con el que fuimos concebidos y creados.

Es decir que el amor es el inicio, el origen y el fundamento de la humanidad.

Las alusiones a ese amor abundan en la Biblia y nos permiten hacernos una idea, aunque muy limitada, de la cualidad y de la profundidad de ese amor.

Resaltaremos algunos. En Jeremías encontramos un versículo en el que Dios le declara al profeta: «Antes que te formase en el vientre te conocí”. (1:5)

Más adelante le dice: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3)

En estas dos frases reafirmamos el hecho de que nuestro origen es el amor de Dios. Dios no ama al ser humano después de que aparece. Lo ama antes. Nuestra existencia no surge primero para luego ser amada; más bien, existimos porque fuimos queridos por Él.

Y ese amor no aparece como algo pasajero o cambiante. Dios habla de un “amor eterno” del que, además, surge incluso la misericordia. Es decir, Dios no ama porque perdona. Perdona porque ama.

Otra imagen muy cercana del amor de Dios aparece en el profeta Oseas: “Yo lo amé… Lo atraje con cuerdas de ternura, lo atraje con lazos de amor. Le quité de la cerviz el yugo y con cariño me acerqué para alimentarlo”. (Oseas 11:4)

Aquí el amor de Dios no es una idea lejana o complicada. Se expresa en gestos sencillos que todos podemos comprender como: cuidar, alimentar, acompañar, acercarse con ternura y sostener la fragilidad del otro.

Una cualidad que también se refleja en esa imagen maternal que nos relata Iasías: ¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho?… Aunque ella lo olvidara, yo no te olvidaré”. (Isaías 49:15)

Aunque en Isaías ocurre algo adicional. Dios toma uno de los vínculos más fuertes, más tiernos y sagrados que conocemos —el amor de una madre por su hijo— y, aun así, afirma que su amor va todavía más allá.

En todos estos textos, lo que vale resaltar es que el amor aparece como el origen fundante no solo de nuestra existencia, sino de todas esas actitudes, llámense misericordia, cuidado, protección y amparo.

Y esta situación alcanza su máxima expresión en las palabras de Jesús: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16)

Es decir, coloca nuevamente al amor como el origen y fundamento de su entrega.

Y esta precisión vale la pena tenerla presente porque, muchas veces, ponemos toda nuestra atención en que su venida fue por el perdón de los pecados, la liberación del sufrimiento o la promesa de salvación, y olvidamos que Él vino, antes que nada, para manifestarnos el amor de Dios.

Y es que cuando reducimos la venida de Jesús únicamente a los beneficios que obtenemos de ella, corremos el riesgo de poner nuestra mirada solamente en nosotros mismos. Y entonces la fe puede volverse fácilmente una búsqueda centrada en lo que “me da”, “me resuelve” o “me evita”.

Pero el centro del Evangelio y de la fe no es el beneficio que podemos obtener: es captar la buena noticia. Y esa buena noticia es que Dios nos ama.

Jesús no vino simplemente a ejecutar una solución para nuestros pecados, vino a revelarnos hasta dónde puede llegar el amor de Dios por el ser humano.

Y esto tiene varias implicaciones en nuestra vida cotidiana, pues si el amor es el fundamento de nuestra existencia, el valor de nuestra vida y de nuestra dignidad se asienta justamente allí. Nuestra vida tiene valor porque es querida y amada por Dios. No sobramos, no somos un accidente biológico o una casualidad sin significado.

No valemos más por tener dinero, éxito, estudios, reconocimiento, tal o cual raza, etc. Tampoco valemos menos por nuestras heridas, fracasos o errores. Valemos porque somos amados.

Y algo muy importante. Esa valía no es para unos pocos. Dios no ama más a unos y menos a otros. Jesús mismo nos dijo que Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos, o sea que el amor de Dios alcanza a todos. A creyentes y no creyentes. A quien está cerca y a quien se ha alejado. A quien lo busca y también a quien lo ha olvidado.

Lo cual nos lleva a un punto decisivo: La diferencia no está en cuánto ama Dios. La diferencia está en que hacemos nosotros ante ese amor.

Así que cada uno debería preguntarse: ¿Qué hago con el amor de Dios en mi vida? ¿Lo busco solo por los beneficios que puedo obtener o permito que transforme mi manera de vivir? Y, sobre todo, ¿mi vida deja entrever, aunque sea un poco, el amor con el que Dios me ama?

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