Continuando con la encíclica Fratelli Tutti, nos encontramos con algunas reflexiones sobre la guerra en nuestro mundo. Resulta interesante que este tema se encuentre inmediatamente después de hablar del valor del perdón. Es interesante porque para los lectores de la encíclica, resulta un contraste muy potente. Y es que entre el perdón y la guerra existe una enorme brecha.
Si el perdón es un camino de vida, la guerra es exactamente todo lo contrario. Si el perdón nos libera de la venganza, de la impotencia, de la frustración y la rabia, le guerra nos hunde hasta el fondo mismo de esos sentimientos. De hecho, la guerra es la expresión más extrema de lo que ocurre cuando el ser humano ya no logra detener el impulso destructivo que nace del miedo, del dominio, de la venganza o del odio.
¿Por qué optamos por la guerra? Hay que decirlo de modo contundente. Hay una ilusión peligrosa que, lamentablemente, se ha normalizado en nuestra cultura y que sostiene una gran mentira como si fuese verdad. La creencia de que la guerra “soluciona” algo; que es un mal necesario y que es el único camino para frenar al otro, imponer orden o mantener la paz.
Esa creencia es realmente desconcertante cuando la analizamos con detenimiento. ¿Por qué optamos por la guerra, si todos deseamos vivir en paz? ¿Cómo es posible que, siendo seres humanos hechos para convivir, terminemos escogiendo el camino que más destruye esa convivencia? ¿Para que haya paz, tenemos que hacer la guerra?
¿Verdad que no tiene lógica? Por un lado, todos coincidimos en buscar la paz, la tranquilidad, el sosiego; y por el otro lado, nosotros mismos nos encargamos de destruir su posibilidad. Es como pretender curar una herida golpeándola, o apagar un incendio avivando las llamas.
Es un contrasentido y un tremendo absurdo; y, sin embargo, seguimos optando por la violencia y la guerra. Esto no solamente ocurre en las naciones, sino también en nuestro interior, en nuestras casas, con nuestras amistades y en el trabajo. Este tipo de irracionalidad ocurre todos los días y en todas las latitudes.
Coloquémoslo en un ejemplo cotidiano. Imagine que usted ha tenido un día difícil en su trabajo, llega a casa agotado y se percata de que su pareja no recogió la vajilla o realizó una tarea doméstica. El problema no es enorme y además tiene fácil solución, por tanto, la lógica dice que no debería elegir enojarse por algo así. Pero, lamentablemente, usted opta por enfadarse e incluso puede llegar a pensar: “Lo hizo a propósito. Nunca me hace caso. Todo me toca hacer a mí”. En ese momento, usted ha convertido a su pareja en una amenaza.
Si además se deja invadir por el orgullo, es posible que piense: “No voy a dejar que se aproveche de mí. Ahora verá.”
¿Y qué hacemos? Levantamos la voz, lanzamos palabras inadecuadas y actuamos como si estuviésemos perdiendo algo realmente valioso. La guerra doméstica ha iniciado.
¿El resultado?
Todo lo contrario de lo que buscamos al regresar a casa cuando hemos tenido un día agotador, es decir, poder descansar, sentir paz, serenidad, sosiego.
Queríamos ser comprendidos, pero nuestra reacción lo ha bloqueado todo. Queríamos sentirnos acompañados y nuestras palabras han herido al otro. Queríamos descansar y ahora hemos provocado un cansancio adicional: el emocional. No hubo bombas ni soldados, pero sí una batalla interna que se desbordó hacia afuera.
Lo mismo, pero en una escala mayor ocurre entre las naciones. ¿Cómo puede ocurrir esto? Ocurre porque no lo pensamos correctamente y nos dejamos llevar por el sentimiento de amenaza y autodefensa. Y es que cuando el miedo domina y el orgullo vence, empezamos a pensar que lo destructivo es necesario, que lo violento es útil, que el conflicto es inevitable y que debemos ser los vencedores. Y cuando esa lógica se instala, ya no solo justificamos la guerra, sino que la propiciamos.
Al respecto, y para que podamos dejar atrás esa forma absurda de actuar, el Papa pide algo muy simple, pero profundamente incómodo: mirar a las víctimas, escuchar sus voces, ver sus heridas, aprender desde su dolor.
En las guerras domésticas habrá que escuchar a esos niños humillados y violentados por sus propios padres, a esas mujeres golpeadas y abusadas; a esos hombres usados y maltratados; o, a esos abuelos y abuelas olvidados y descuidados.
En las guerras entre naciones habrá que dar voz a las personas desplazadas, a las mujeres que lloran a sus hijos, a los ancianos abandonados a su suerte y a todos esos jóvenes soldados que han sido testigos de los efectos de la guerra.
Con seguridad, desde esos testimonios, nadie podrá decir que la guerra -entre naciones o doméstica- es una solución, previene algo o mantiene la paz.
Reflexionémoslo todos con seriedad y preguntémonos cada día ¿Estoy sembrando paz? Que nos sirva como brújula las palabras de Jesús: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.