La identidad cristiana en la diversidad religiosa

Publicado revista sobre la Encíclica.

Hay algo en la fe que nos modifica por completo. Cuando se vuelve un encuentro vivo con Dios y toca de verdad la propia historia, cambia ante todo la manera de comprenderse a uno mismo y, en consecuencia, la forma de mirar a los demás. El paso decisivo se da, sobre todo, en la comprensión de que somos hijos de un mismo Padre y que éste nos ama sin condiciones.

Muy diferente es lo que ocurre cuando la fe se endurece y encierra a la persona en fundamentalismos, sectarismos o fanatismos irracionales. Allí deja de abrir horizontes y comienza a estrecharlos. La imagen del prójimo se deforma: ya no es un semejante sino un obstáculo, un problema, incluso un enemigo. El otro deja de ser un misterio que invita al respeto y pasa a convertirse en un riesgo que se quiere controlar.

Precisamente por eso, en el tramo final de Fratelli tutti, el Papa Francisco denuncia el absurdo de la violencia ejercida en nombre de la religión y propone revisar con honestidad qué significa ser cristianos.

Partamos de una idea importante: La violencia en el mundo de las religiones es un contrasentido. Si la religión pretende unir el corazón humano con Dios, entonces cualquier agresión realizada en su nombre traiciona su raíz más profunda. Nadie puede afirmar que busca la Verdad mientras persigue, humilla o daña a un hermano. Tampoco es coherente declararse del lado de Dios cuando la fe se convierte en bandera de dominio o instrumento de presión.

A la luz del Evangelio, esta incoherencia resulta todavía más evidente para los cristianos. La forma concreta de actuar de Jesús no deja espacio a la duda: jamás obligó y jamás excluyó por motivos religiosos a nadie. Por el contrario, se aproximó a una samaritana, escuchó la súplica de una mujer extranjera, atendió la petición de un oficial romano y recorrió regiones de población mayoritariamente pagana, como Tiro, Sidón o la Decápolis, llevando alivio y esperanza.

Jesús se acercó a quienes eran vistos como distintos e impuros y permitió que también ellos formen parte de la promesa. Esa actitud reveló con claridad que el amor de Dios no comienza preguntando “¿de dónde vienes o que religión tienes?”, sino todo lo contrario, desde una mirada amorosa, Dios es el que toma la iniciativa y va hacia el ser humano sin condiciones. Ese movimiento revela el corazón mismo del mensaje de Jesús: un Padre que ama, busca, levanta y devuelve dignidad allí donde alguien lo necesita.

Es precisamente en el amor sin condiciones de Dios donde nuestra identidad como cristianos se vuelve visible. Cuando nos sabemos amados a pesar de cualquier condición, cuando nos sentimos dignos a pesar de nuestros límites, errores y defectos, advertimos el amor de Dios en toda su extensión y cambia nuestra manera de entendernos y de mirar a los demás.  Nos damos cuenta de que la incondicionalidad del Padre debe ser manifestada en nuestra propia incondicionalidad.

Y justamente de ahí brota una consecuencia inevitable: La misericordia recibida se convierte en tarea. La incondicionalidad ante los demás pide hacerse visible en gestos concretos, en respeto, en paciencia, en apertura, en reconocimiento de que toda persona es un interlocutor válido y digno de ser escuchado.

Desde este horizonte, despreciar o ridiculizar a quienes siguen otros caminos religiosos se vuelve incompatible con la fe que decimos profesar. No hay lugar para tratarlos como adversarios, ni como personas de menor valor o interlocutores indignos. Mirarlos por encima del hombro sería echar en saco roto todo lo que Jesús predicó.

Y esto no solamente aplicaría a otras religiones como el budismo, el islamismo, el judaísmo, el hinduismo u otros, sino también entre las comunidades de los propios cristianos. Las peleas, rivalidades y divisiones hacen mucho daño y propician violencia, discriminación y muchas heridas.

La identidad cristiana se nota en el modo de tratar a la gente. Se nota en la paciencia, en la capacidad de escuchar, en el esfuerzo por comprender. Se nota cuando alguien puede decir: “Contigo me siento respetado”.

Por eso el diálogo interreligioso no es un lujo ni una estrategia diplomática; es una prueba de autenticidad. Si creemos que la religión es el camino hacia la verdad y hacia Dios, entonces las personas que las profesamos deberíamos poder generar puentes, conversaciones honestas, colaboración y trabajo común. Cuando las personas de diversas religiones nos escuchamos, nos validamos y nos respetamos, el mundo descubre que es posible convivir sin renunciar a las propias convicciones. Pero si quienes pronunciamos palabras sobre el amor no logramos ni siquiera mirarnos sin sospecha, el anuncio pierde credibilidad. Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿cómo creer en un Dios de comunión si sus seguidores propician división y violencia?

De ahí la urgencia de volver, una y otra vez, al deseo más hondo de Cristo, que sigue marcando el camino y midiendo nuestra coherencia: «Que todos sean uno».

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