El Valor y el Sentido del Perdón

Publicado revista sobre la Encíclica.

Hay palabras que, en el mundo actual, parecen haber perdido su peso original. Se usan con frecuencia, pero sin hondura. Una de ellas es el “perdón”. A veces la vemos como una idea ingenua, irrealizable, e incluso sospechosa: ¿quién perdona de verdad?, ¿quién puede hacerlo sin condiciones?, ¿no es una forma de debilidad? Quizá por eso, el papa Francisco, en el capítulo séptimo de Fratelli Tutti, nos invita a recuperar el sentido profundo del perdón como camino hacia la paz y la fraternidad.

¿Qué significa perdonar?

La palabra “perdón” viene del latín per-donare: per significa “por completo”, y donare, “regalar, dar sin esperar algo a cambio”. Perdonar, entonces, es “regalar totalmente”. No es solo excusar, ni borrar el pasado, ni suavizar el daño. Es un acto gratuito por completo que no pide ni exige nada a cambio.

Esta gratuidad es uno de los motivos por los que el perdón parece fuera de lugar en nuestra época que aplaude la utilidad y el beneficio. El clima social que respiramos está lleno de revancha, polarización, respuestas agresivas e ideologías que convierten al otro en enemigo con mucha facilidad. Vivimos más cerca del “ojo por ojo y diente por diente” que de la reconciliación. Se perdona poco, se juzga mucho, se humilla rápido. Y, sin embargo, aunque no aparezca en titulares, el perdón sigue existiendo y, gracias a él, la humanidad no se ha quebrado del todo.

Existen miles de actos de perdón que han surgido en terrenos devastados: genocidios, crímenes, traiciones, violencias irreparables. En estos contextos, cuando alguien perdona, algo se ilumina en lo más profundo de lo humano.

Immaculée Ilibagiza, sobreviviente del genocidio de Ruanda, pasó 91 días escondida en un baño de un metro cuadrado mientras su familia era asesinada. Cuando años después visitó en prisión al responsable de esas muertes, le dijo: “Te perdono. Dios te ha salvado la vida para que tengas tiempo de arrepentirte”. Su perdón, evidentemente no borró la tragedia, pero sí inspiró a miles de víctimas a buscar la reconciliación.

Lo mismo ocurrió con Eva Mozes Kor, judía sometida a experimentos médicos en Auschwitz. Ya adulta, declaró públicamente: “Perdonar no cambia el pasado. Cambia mi relación con el pasado”. Su frase muestra algo clave: el perdón no es olvido, ni resignación, ni ingenuidad. Es transformación interior.

En este sentido el perdón es una verdadera revolución psicológica pues implica reconocer el daño, mirarlo de frente y evitar que se convierta en un veneno que nos condene psíquicamente a un circuito de “herida-rencor-venganza”.

Desde una perspectiva emocional, el perdón es un acto de libertad: evita que el daño recibido se convierta en la identidad de la víctima; es decir que ronde su vida y la haga girar en torno al daño o el trauma.

Pero además de esto, el perdón también puede liberar al agresor.

El caso de Mark Stroman lo muestra con claridad. En Estados Unidos, tras los atentados del 11-S, este hombre asesinó a varias personas por odio racial. Fue condenado a muerte. Uno de los sobrevivientes, Rais Bhuiyan, decidió no solo perdonarlo, sino interceder para que no fuera ejecutado. Stroman, desde el corredor de la muerte, dijo que ese acto lo había cambiado por dentro: “El odio me destruyó a mí más que a nadie. Él me dio algo que yo no merecía: humanidad”.

En este ejemplo se ve algo esencial: el perdón no borra la culpa, pero abre la posibilidad del cambio. Ni la justicia legal ni la venganza producen eso.

El perdón en esta perspectiva, aparece como una fuerza capaz de detener el ciclo infinito del mal. Cuando alguien perdona, rompe la cadena de transmisión de la violencia y el contagio de la ira.

Por eso está estrechamente relacionado con la paz.

En nuestra fe, el perdón es una clave central. Jesús no solo que nos invitó a perdonar “setenta veces siete”, sino que nos enseñó con su propia vida a captar la fuerza transformadora del perdón, especialmente a partir de aquellas palabras imponentes que dijo mientras agonizabe en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

La sola frase lo revela todo: No se trata de absolver, sino de comprender. No se trata de desconocer la responsabilidad de los agresores, sino de abrirles una posibilidad. No se trata de justificar al agresor, sino de verlo como alguien aún capaz de cambiar. No se trata de pedir castigo o ceder a la violencia, sino de interceder.

Jesús no muere maldiciendo sino perdonando. Su perdón devela su libertad absoluta y con ello, nos inspira a convertir lo inimaginable, lo imperdonable e irreparable en un acto de amor que transforma tanto nuestro interior como al mundo que nos rodea.

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