Artículo publicado en Revista MCLE-Zürich
«Ámense unos a otros como yo los he amado»
Cuando escuchamos esta frase, no solo estamos ante un mandamiento, estamos ante un “cómo”; es decir, ante un camino y una manera específica de seguir la enseñanza de Jesús. Y es que la frase “como yo los he amado” podría también entenderse como: “Mírame y sígueme”.
Lo cual acarrea una verdad muy profunda pues implica captar su mensaje tanto en sus palabras como en lo concreto de su comportamiento: ¿Cómo miraba a los demás? ¿Cómo los trataba? ¿Cómo se relacionaba con la gente? ¿Qué actitudes tenía?
Ya hemos reflexionado en artículos anteriores sobre algunos de estos comportamientos, pero vale que lo sigamos haciendo por la relevancia que tiene este tema. Hoy, nos vamos a detener en su manera de tratar al prójimo.
Ya en la parábola del buen samaritano tenemos una imagen muy clara de cómo Jesús percibía al prójimo: el prójimo no es quien nos gusta, nos complace, quien pertenece a nuestra cultura, etnia, familia o quien comparte nuestras costumbres, religión o tradiciones. El prójimo, desde la enseñanza de Jesús, no depende de ninguna cualidad en particular, sino, simple y llanamente, se refiere al hecho de ser persona. Y cada persona merece, según la parábola, que no pasemos de largo si percibimos que nos necesita y que actuemos sin pedir nada a cambio; es decir que nos impliquemos totalmente con el doliente, sin colocar condiciones especiales para condolernos.
Esta actitud de apertura incondicional es una de las pautas más visibles en Jesús. Por ejemplo, en su encuentro con la samaritana. Recordemos que, en su época, las relaciones entre judíos y samaritanos estaban marcadas por diferencias religiosas, rivalidades y resentimientos acumulados. A Jesús, sin embargo, lo vemos iniciando una conversación con ella, escuchándola y ofreciéndole su buena noticia.
Lo mismo ocurre cuando comparte la mesa con publicanos, pecadores, recaudadores de impuestos y personas que, en el entorno judío, se consideraban impuros y cuya compañía era inadecuada e inaceptable. También en su acercamiento al leproso, a la mujer que padecía hemorragias, al centurión romano y a Zaqueo.
¿Qué tienen de común estos comportamientos?
Pues que Jesús derriba todo tipo de prejuicios y sale al encuentro de las personas sin ningún rastro de exclusión. Allí donde otros levantaban barreras que parecían imposibles de cruzar, él abría una posibilidad de encuentro.
Así que el “cómo Jesús nos amó” contiene una dirección contundente en este sentido: Acoger a los demás no es un tema de elección y mucho menos, de selección.
Vale la pena que lo reflexionemos porque en nuestro tiempo esta actitud aparece cada vez más devaluada. Y es que las redes sociales y la globalización, si bien han multiplicado nuestras posibilidades de contacto, también han impulsado una cultura del desprecio a los que piensan o son diferentes.
La tendencia a crear un ambiente en el que parece que solamente vale la pena acercarnos a quienes se parecen a nosotros mismos está muy presente. Frases como: «Si pensara como yo, le hablaría», «Si fuese católico, me caería mejor» «Si compartiera mi posición política, podría conversar con esa persona», “Si no opinase de esa manera, quizá me acercaría” etc. reflejan claramente esta tendencia.
Es como si se normalizase cada vez más que el encuentro humano depende directamente de una coincidencia previa. Como si solo quienes se nos parecen merecieran ser atendidos, escuchados y acogidos.
Es fácil reconocerlo en las pantallas, pero también hay que reconocerlo en el día a día porque abundan los ejemplos de personas apartadas, descartadas e invisibilizadas.
En este panorama, vale preguntarnos: ¿Cuántas veces he convertido un desacuerdo en una razón para alejarme de una persona? ¿Cuántas veces he excluido a alguien porque no se ajusta a las formas que considero aceptables? ¿A cuántas personas he dejado de escuchar solo porque tienen una opinión distinta? ¿He invalidado, descalificado o desvalorizado a alguien por no coincidir conmigo?
Respondamos con objetividad.
No olvidemos que al asumir aquella frase tan potente como sugerente de: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Jesús se convierte en el “como” vivir, en el “cómo” amar, en el “cómo comportarse”.
Él es la referencia. Él es la medida. Él es la metodología.
En este camino de fe a ¿quién estoy dejando fuera?