Artículo publicado en Revista MCLE-Zürich
En el artículo anterior comenzamos a responder la pregunta: ¿cómo amar? Una pregunta que, aunque parece sencilla, encierra una enorme profundidad, porque va más allá de la declaración y apunta a la manera concreta en la que expresamos ese sentimiento en la cotidianidad, en el encuentro con los demás y en el mundo que nos rodea.
Además, ese “cómo amamos” revela mucho de lo que somos: cuáles son nuestros valores, cómo percibimos a los demás, cómo entendemos nuestra fe, cuán abiertos y confiados estamos ante el amor y también, cuántos miedos, defensas y límites nos atascan a la hora de amar y ser amados.
Y es que la manera de amar de una persona no puede estar separada de todo su mundo interior. Todo lo contrario, es una manifestación de lo que guarda en su corazón.
En este sentido, y ya lo mencionábamos en el artículo anterior, para los cristianos el “cómo” amar se vuelve incluso más relevante, no solo porque alude al mayor mandamiento de nuestra fé, sino también porque responde a una llamada explícita de Jesús: «Ámense unos a otros como yo los he amado».
Así que, vale seguir explorando, como lo hicimos en el artículo anterior, esa manera concreta y visible de amar que los evangelios nos permiten descubrir en Jesús.
Detengámonos hoy en otra de sus actitudes más usuales: la compasión.
Antes de observar su actitud compasiva, vale iniciar preguntándonos ¿Qué entendemos por compasión? Si atendemos a sus orígenes, hay que decir que la palabra compasión procede del latín compassio y remite a la idea de “padecer con” o “sufrir con”. Es decir, no es un asunto individual, sino vincular. Es estar junto a otro, caminar con él, hacer de nuestra presencia un acto visible de cercanía.
Evidentemente no estamos hablando de cercanía física, sino de algo mucho más profundo. Para captarlo, vale poner atención a un detalle que resulta muy potente. En los pasajes bíblicos en los que se dice que Jesús «tuvo compasión», se usa el verbo griego splagchnízomai, relacionado directamente con la palabra splágchna, que significa “entrañas”. Es decir que la compasión se siente en las entrañas, ocurre desde las entrañas y, por tanto, implica, afecta y conmueve a quien lo siente. No es un asunto de pensar en el que sufre y querer ayudarlo, sino de sentirse afectado visceralmente y, desde allí, sentir esa pasión que motiva a la acción.
Vale la pena aclararlo porque a veces confundimos la compasión con una actitud pasiva: apenarnos por alguien, darle unas palmadas en el hombro, decirle algunas palabras de consuelo y continuar nuestro camino. Pero la compasión que nos revela Jesús va mucho más allá: no se limita a observar el sufrimiento del otro desde fuera, sino que permite que ese sufrimiento lo toque, lo implique y lo mueva a hacer algo por esa persona.
Lo podemos ver con claridad por ejemplo cuando Jesús llega a Naín y se encuentra con el cortejo fúnebre del hijo único de una mujer que, además, era viuda. El evangelio nos dice: «Al verla, el Señor se compadeció de ella» (Lc 7,13).
Jesús primero ve. Pone su mirada sobre aquella mujer y se deja afectar por su sufrimiento. No pasa de largo ni continúa su camino como si aquel dolor no tuviera nada que ver con él. En ese momento, sus planes y aquello hacia donde se dirigía dejan de ocupar el centro, porque delante de él hay una persona que sufre.
Aquí aparece una de las formas más concretas de la compasión que Jesús nos deja ver: permitir que la realidad del otro interrumpa, aunque sea por un momento, la importancia que damos a nuestros propios asuntos.
Algo semejante ocurre cuando Jesús se encuentra frente a una multitud cansada y desorientada. Mateo cuenta que, al verla, «se compadeció de ella», porque aquellas personas estaban «cansadas y abatidas» (Mt 9,36). Nuevamente aparece lo mismo: Jesús ve. Su mirada no es distraída ni indiferente; es una mirada que lo implica, lo afecta y lo mueve. Está atento a lo que ocurre delante de él y, precisamente por eso, puede responder.
En ambas escenas parece repetirse un mismo movimiento: ver, dejarse tocar y actuar. Porque antes de hacer algo por alguien es necesario haberlo visto de verdad. Es preciso detenerse ante su realidad y desplazar, por un momento, ese “yo” que tantas veces ocupa el centro de nuestra atención. Esto no significa apropiarnos de su sufrimiento ni pretender sentir exactamente lo que el otro siente. Significa reconocer que esa persona importa, que su dolor merece nuestra atención, que sus necesidades, contexto, situación y anhelos merecen ser respetados y que, por ser nuestro prójimo, nuestro semejante, no podemos comportarnos como si lo que le ocurre no tuviera nada que ver con nosotros.
En este sentido, los cristianos no podemos delegar nuestra responsabilidad cuando “vemos” el sufrimiento de alguien o, peor aún, retirar la mirada cuando lo percibimos.
Al respecto de este tema, vale preguntarnos: ¿Qué ocurre dentro de mí cuando veo sufrir a alguien? ¿El dolor ajeno todavía logra conmoverme o me he acostumbrado demasiado a verlo? ¿Hay alguien cuyo sufrimiento conozco, pero ante quien he preferido mirar hacia otro lado? ¿Qué me impide acercarme al sufrimiento de los demás: la prisa, el miedo, la incomodidad, el cansancio? ¿Qué cambiaría en nuestra comunidad si aprendiéramos a detenernos ante quien está solo, cansado o herido?
Si queremos seguir a Jesús, ser sus discípulos y aprender a amar como Él nos ha amado, estas preguntas son urgentes, especialmente cuando advertimos que están ligadas estrechamente a: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».