¿Cómo amar?

Artículo publicado en Revista MCLE-Zürich

Muchas personas nos hemos hecho esta pregunta a lo largo de la vida. Puede ocurrir en medio de cualquier relación, ya sea con nuestros hijos, pareja, familia, amigos, vecinos, etc. Y es que cuando amamos nos topamos con el parecer del otro. A veces, aceptan nuestra manera de amar como válida, pero otras, pueden resentirla e incluso pueden desconfiar y hasta considerar que nuestra forma de querer es incoherente o incluso inadecuada.

Y es que el amor no es una palabra o una teoría abstracta y desencarnada, es un verbo en plena acción y por tanto requiere de una comunicación que logre expresarlo de modo claro y consistente. 

Para los cristianos, este «cómo amar» y cómo expresarlo a los demás es un tema central, máxime si atendemos a estas palabras de Jesús: Un mandamiento nuevo les doy: “Que se amen unos a otros…En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos” (Jn 13, 34-35) o en esta otra frase: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicieron” (Mt 25,40).

Es decir, queda claro que el “como amamos” es el signo visible de que somos sus discípulos y además de que reconocemos que nuestro amor por los demás es un reflejo de cómo lo amamos a Él. Pero no solo esto. Jesús nos responde explícitamente a la pregunta ¿Cómo amar? cuando señala: «Amaos unos a otros como yo os he amado.» (Jn.13, 34)

Y esta palabra “como”, que he resaltado, lo cambia todo. Por un lado, introduce una comparación y, por el otro, señala concretamente un modo de actuar. Su sintaxis nos ofrece un mensaje claro e inequívoco: Jesús no deja el amor abierto a cualquier interpretación personal. No dice: “Amen según lo que cada uno entienda por amor”, sino que dice: “como yo los he amado”. En otras palabras, nos ofrece una dirección concreta: «Si quieres saber qué significa amar, mírame»

Por tanto, para los cristianos no basta con tener buenas intenciones ni con decir: «Yo amo a mi manera» porque el criterio del amor no recae en cada uno de nosotros, sino en Él.

La pregunta que surge entonces es: ¿Cómo sabemos cómo amó Jesús? Pues basta recorrer los Evangelios para descubrirlo. Son muchísimas las claves que nos revelan cómo amó Jesús y, por tanto, cómo estamos llamados a amar nosotros. En este artículo nos detendremos en una de las más fáciles de reconocer y en los próximos, profundizaremos en las demás.

Comencemos por reflexionar sobre su manera de actuar frente al error, el pecado y la ignorancia del ser humano.

Partamos reconociendo que en ningún pasaje de los Evangelios vemos a Jesús excluir, despreciar o desvalorizar a una persona ya sea por sus errores, pecados o, simplemente por su incapacidad de comprender su mensaje. Al contrario, lo que vemos es que se acerca, dialoga y permanece junto a las personas. Jesús nunca justifica el mal, pero tampoco reduce a la persona al mal que ha cometido. Distingue entre el pecado y la dignidad de quien peca. Por eso puede condenar el mal sin condenar a la persona e invitarla siempre a comenzar de nuevo.

Lo vemos, por ejemplo, en la mujer sorprendida en adulterio. Jesús no aprueba lo que ha hecho; incluso la exhorta a no volver a pecar. Sin embargo, no la humilla ni la condena. Le devuelve la posibilidad de ponerse de pie y de comenzar de nuevo. Su misericordia no niega la verdad; crea las condiciones para que la verdad pueda ser acogida.

También lo vemos en Zaqueo. Jesús conoce perfectamente quién es y cómo ha vivido, pero antes de exigirle un cambio decide acercarse a él, entrar en su casa y ofrecerle una relación. Es precisamente esa experiencia de sentirse visto, reconocido y acogido la que despierta en Zaqueo el deseo de transformar su vida.

Algo semejante ocurre con la samaritana. Jesús conoce su historia; sabe de sus heridas y de sus relaciones rotas, pero no la reduce a su pasado ni a sus equivocaciones. Se sienta a conversar con ella, la escucha, la toma en serio y, poco a poco, la conduce a descubrir una verdad mucho más profunda.

Como puede verse en todas estas escenas, el modo de amar de Jesús tiene un rasgo común: nunca renuncia a la verdad ni disminuye la exigencia del bien, pero tampoco reduce a la persona a sus errores. Condena el mal, pero no condena a quien lo ha cometido. Al contrario, lo invita a levantarse, a cambiar y a volver a empezar.

Si queremos amar como Él, entonces vale la pena preguntarnos si nuestra manera de tratar a los demás refleja que lo hemos comprendido. Por ejemplo, preguntémonos: Cuando alguien se equivoca, ¿qué veo primero: a la persona o al error que ha cometido? Cuando un hijo, la pareja, un familiar o un compañero de trabajo falla, ¿mi primera reacción es juzgar o comprender? Cuando alguien nos comparte sus errores ¿esas personas sienten juicio o esperanza? ¿se marchan con el peso de haber sido condenadas o con deseos de recomenzar?

Scroll al inicio