Artículo publicado en Revista MCLE-Zürich
Hoy iniciaremos un recorrido por una de las vivencias más potentes en la vida de cada persona: el amor.
Un recorrido en el que avanzaremos paso a paso por sus principales manifestaciones. Lo haremos desde las experiencias cotidianas que todos compartimos. Porque el amor no es un asunto ajeno a nadie, ni depende de la personalidad, de una época o de una cultura, sino que nos atraviesa a todos y además, lo hace de un modo muy semejante.
Tan semejante que no resulta difícil intuir que no estamos ante algo circunstancial, sino ante una realidad que pertenece a lo más íntimo de nuestra naturaleza. Tan íntimo que incluso podemos encontrar sus rastros en los albores mismos de la humanidad.
En este sentido, resulta sugerente una noción atribuida a la antropóloga Margaret Mead, quien consideró como uno de los primeros signos de civilización humana a un fémur fracturado y luego soldado (curado). Aunque la cita no está confirmada del todo en las obras de la autora, lo interesante es la idea que transmite. Y es que, en la antigüedad, sobrevivir dependía de correr, cazar, huir y moverse constantemente; por lo que romperse una pierna implicaba, casi inevitablemente, una condena a muerte.
Así que un hueso que sanó cuenta una historia que desafía la estricta lógica de la supervivencia del más apto, que – guiada por el instinto, tendería a abandonar al débil y dejar atrás a los enfermos – porque revela que alguien cuidó a esa persona, la alimentó, la sostuvo dentro del grupo y probablemente la protegió.
Pero no es el único gesto que indica que nuestros antepasados valoraban los vínculos, también lo expresan los restos arqueológicos encontrados en tumbas antiguas.
Por ejemplo, en Sungir (Rusia) se hallaron enterramientos de hace unos 30.000 años en los que se puede ver cómo las personas adornaban los cuerpos de sus muertos con miles de cuentas de marfil y colocaban objetos con sumo cuidado en las tumbas. ¿Casualidad? Difícil sostenerlo. Todo indica un gesto deliberado, casi íntimo, que manifiesta el respeto por los vínculos perdidos.
No podemos afirmar sin más que estos gestos de nuestros antepasados constituyan pruebas concluyentes de la presencia del amor, pero sí nos permiten señalar que, desde muy temprano, la vida humana ha expresado una sensibilidad especial hacia el vínculo, hacia la relación con otros.
Y si esa sensibilidad ya estaba en los albores de nuestra historia, no resulta sorprendente que, cuando el lenguaje y la escritura entraron en escena, también se expresase allí.
Tal como ocurre en el testimonio escrito más antiguo que tenemos: el poema sumerio conocido como Canción de amor para Shu-Sin, datado hacia el 2000 a.C. Allí una mujer dice: “Tú me has cautivado, déjame temblar ante ti…sé cómo hacer que se regocije tu corazón.”
Es muy revelador que hayan pasado más de cuatro mil años de este poema y, sin embargo, el tono amoroso nos resulte reconocible: ese deseo de alegrar al otro, la conmoción ante su presencia y esa intimidad tan propia de la anhelada cercanía.
Una resonancia emocional que también se repite en los antiguos poemas hindúes, en las narraciones védicas, en la poesía china del Shijing y en el Cantar de los Cantares de la Biblia. Si revisamos estos escritos, todos coinciden en algo esencial: Todo cambia —las lenguas, las culturas, las formas de vida—, pero hay algo que permanece sorprendentemente intacto: los vínculos humanos y aquello que nos hacen sentir.
¿De dónde nos viene esa disposición tan natural y permanente?
Quizá tenemos una pista en el relato bíblico del Génesis: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (Gn 1,31). “Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Gn 2,15).
De estos textos podemos captar algunas ideas fundamentales: que lo que Dios preparó para el ser humano era “bueno” y que esa bondad habitaba en un espacio que nos fue entregado para que lo cuidásemos. Y todo esto, de modo totalmente gratuito.
Muy parecido a lo que hacemos con nuestros hijos cuando preparamos su llegada al mundo procurándoles todo lo mejor que podemos. ¿Movidos por qué hacemos eso? Pues evidentemente por amor.
En este sentido, no es descabellado pensar que quizá el relato del Génesis evoca algo muy potente: el amor y la tendencia al vínculo en el ser humano no son necesidades humanas, sino huellas de una memoria profunda de que provenimos de un acto de amor.
Quizá incluso el haber sido creados a imagen y semejanza de Dios no alude solo a nuestra dignidad, sino que también nos señala una dirección: estamos hechos para reflejar, encarnar y prolongar en el mundo ese amor y ese cuidado con el que fuimos creados.
En este sentido, aunque no podemos olvidar que hay un pecado original, también vale recordar que hay un amor que lo precede. Quizá por eso el amor no desaparece y ha permanecido y permanece en nuestra historia como una especie de recordatorio de que no todo está perdido…